El temor es un sentimiento presente en todas las personas. Su presencia se vincula fundamentalmente a la incertidumbre, es decir, a no saber o no encontrarle explicación a lo que está sucediendo, especialmente si el acontecimiento vivido puede ser asociado -conciente o inconscientemente- a un riesgo de vida. En la infancia pasa a ser vital el mantener el afecto y la protección de los padres, por lo que también entrarán en la categoría de hechos potencialmente atemorizantes, aquellos que la mente infantil ligue a una eventual pérdida de la familia o del cariño que ella le brinda.
Antes del año y medio de vida, aún no existe la posibilidad de ejecutar representaciones mentales, es decir, el niño no estructura un temor basado en el pensamiento, sino que aparecen miedos que se comportan de un modo reflejo y automático, ligados a lo inmediato, como, por ejemplo, a la falta de satisfacción de las necesidades básicas del bebé.
Las posibles causas del miedo infantil van cambiando con la edad, y se van centrando en su entorno y en sus experiencias al ir creciendo. Es de esperarse y es normal que todo niño sienta temor en ciertos momentos específicos de su desarrollo. Por ejemplo, entre los ocho meses y la edad pre-escolar, niños sanos pueden mostrar ansiedad intensa cuando se separan de sus padres o de otros seres queridos. Muchos niños pueden tener temores de corta duración, como el miedo a la oscuridad, al viento, los temblores, los animales o las personas desconocidas. Por otra parte, si la ansiedad se vuelve severa y comienza a interferir con las actividades diarias de la infancia, tales como el separarse de los padres, asistir a la escuela y hacer amigos, la catalogaremos de anormal, ameritando una evaluación más detallada.
Sin embargo, es importante señalar que factores ligados a la sobreprotección y a hacer a los hijos sentirse culpables recordándoles su cobardía ante una experiencia vivida por ellos como tenebrosa, son dos actitudes muy negativas que pueden empeorar el problema e incluso lograr el efecto contrario al que se buscaba, esto es, generar temores e inseguridad en los hijos. Esto puede ser la base de futuros cuadros angustiosos o depresivos cuya duración irá más allá de la infancia y la niñez, proyectándose a la adolescencia.
Dr. Julio Volenski
Médico Psiquiatra Infanto-Juvenil. Magíster en Educación Superior
Temores
Enviado por Julio Volenski
em Domingo, 23 Julho, 2006 às 12:40
Etiquetas: Salud Mental Principal
El temor es un sentimiento presente en todas las personas. Su presencia se vincula fundamentalmente a la incertidumbre, es decir, a no saber o no encontrarle explicación a lo que está sucediendo, especialmente si el acontecimiento vivido puede ser asociado -conciente o inconscientemente- a un riesgo de vida. En la infancia pasa a ser vital el mantener el afecto y la protección de los padres, por lo que también entrarán en la categoría de hechos potencialmente atemorizantes, aquellos que la mente infantil ligue a una eventual pérdida de la familia o del cariño que ella le brinda.
Antes del año y medio de vida, aún no existe la posibilidad de ejecutar representaciones mentales, es decir, el niño no estructura un temor basado en el pensamiento, sino que aparecen miedos que se comportan de un modo reflejo y automático, ligados a lo inmediato, como, por ejemplo, a la falta de satisfacción de las necesidades básicas del bebé.
Las posibles causas del miedo infantil van cambiando con la edad, y se van centrando en su entorno y en sus experiencias al ir creciendo. Es de esperarse y es normal que todo niño sienta temor en ciertos momentos específicos de su desarrollo. Por ejemplo, entre los ocho meses y la edad pre-escolar, niños sanos pueden mostrar ansiedad intensa cuando se separan de sus padres o de otros seres queridos. Muchos niños pueden tener temores de corta duración, como el miedo a la oscuridad, al viento, los temblores, los animales o las personas desconocidas. Por otra parte, si la ansiedad se vuelve severa y comienza a interferir con las actividades diarias de la infancia, tales como el separarse de los padres, asistir a la escuela y hacer amigos, la catalogaremos de anormal, ameritando una evaluación más detallada.
Sin embargo, es importante señalar que factores ligados a la sobreprotección y a hacer a los hijos sentirse culpables recordándoles su cobardía ante una experiencia vivida por ellos como tenebrosa, son dos actitudes muy negativas que pueden empeorar el problema e incluso lograr el efecto contrario al que se buscaba, esto es, generar temores e inseguridad en los hijos. Esto puede ser la base de futuros cuadros angustiosos o depresivos cuya duración irá más allá de la infancia y la niñez, proyectándose a la adolescencia.
Publicidade de Bligoo.com
Comentários a este artigo no RSS










