El dolor por la pérdida de un ser querido es una de las experiencias más duras que los seres humanos podemos vivir. Frente a esta cruda realidad se desencadena inevitablemente reacciones de dolor, sufrimiento, frustración y ausencia, que el cuerpo y la mente deberán en algún momento resolver. A ésta expresiones de dolor se le llama duelo, todas son reacciones emocionales normales que presenta una persona después de la muerte de un ser significativo para él o ella.
El duelo es un proceso -con mayor o menor intensidad y duración- de adaptación a la nueva situación. La magnitud y extensión dependen de muchos factores, como, por ejemplo: tipo de muerte (si fue esperada o repentina, apacible o violenta), de la intensidad de la unión con el fallecido, de las características de la relación con la persona perdida (dependencia, conflictos, ambivalencia), de la edad, entre otras. Existe una amplia variedad de pérdidas: físicas, separaciones, salud, muerte, sin embargo, la pérdida de un hijo o hija es considerada emocionalmente inadmisible por el afectado y, por lo tanto, la más difícil de sobrellevar.
Podemos decir que una persona ha completado un duelo cuando es capaz de recordar al fallecido sin sentir dolor, cuando ha aprendido a vivir sin él o ella y puede invertir de nuevo toda su energía en la vida y en los vivos, estableciendo nuevas relaciones de afecto. De acuerdo a Elizabeth Kubler-Ross hay distintas etapas en la elaboración del duelo (lo algunos autores denominan transformación saludable del duelo); éstas son: repulsa, rechazo de la verdad, rebelión, reconocimiento de la verdad, negociación, compromiso con la verdad, depresión, abatimiento ante la verdad, aceptación, reconciliación con la verdad.
Según Gema Isabel García Crespo, no se puede crecer sin sufrir. El dolor tiene diversos rostros: puede estar provocado por la irresponsabilidad humana y por circunstancias fortuitas e imprevisibles, pero está inscrito en la ley misma de la naturaleza. La dinámica del desprendimiento es una constante de la vida humana. La persona crece en la medida en que acepta creativamente el principio de la separación y de la pérdida como condición necesaria para vivir. Nadie puede saber cómo reaccionará ante una pérdida hasta que no se encuentra frente a ella.
En el caso de los niños, es ilustrativo lo señalado por William C. Kroen: ?Acompañar a un niño en duelo significa ante todo NO APARTARLE de la realidad que se está viviendo, con el pretexto de ahorrarle sufrimiento. Incluso los niños más pequeños, son sensibles a la reacción y el llanto de los adultos, a los cambios en la rutina de la casa, a la ausencia de contacto físico con la persona fallecido, es decir, se dan cuenta que algo pasa y les afecta.?
Dr. Julio Volenski
Médico Psiquiatra Infanto-Juvenil. Magíster en Educación Superior
Duelo
Enviado por Julio Volenski
em Sábado, 29 Julho, 2006 às 20:56
Etiquetas: Salud Mental Principal
El dolor por la pérdida de un ser querido es una de las experiencias más duras que los seres humanos podemos vivir. Frente a esta cruda realidad se desencadena inevitablemente reacciones de dolor, sufrimiento, frustración y ausencia, que el cuerpo y la mente deberán en algún momento resolver. A ésta expresiones de dolor se le llama duelo, todas son reacciones emocionales normales que presenta una persona después de la muerte de un ser significativo para él o ella.
El duelo es un proceso -con mayor o menor intensidad y duración- de adaptación a la nueva situación. La magnitud y extensión dependen de muchos factores, como, por ejemplo: tipo de muerte (si fue esperada o repentina, apacible o violenta), de la intensidad de la unión con el fallecido, de las características de la relación con la persona perdida (dependencia, conflictos, ambivalencia), de la edad, entre otras. Existe una amplia variedad de pérdidas: físicas, separaciones, salud, muerte, sin embargo, la pérdida de un hijo o hija es considerada emocionalmente inadmisible por el afectado y, por lo tanto, la más difícil de sobrellevar.
Podemos decir que una persona ha completado un duelo cuando es capaz de recordar al fallecido sin sentir dolor, cuando ha aprendido a vivir sin él o ella y puede invertir de nuevo toda su energía en la vida y en los vivos, estableciendo nuevas relaciones de afecto. De acuerdo a Elizabeth Kubler-Ross hay distintas etapas en la elaboración del duelo (lo algunos autores denominan transformación saludable del duelo); éstas son: repulsa, rechazo de la verdad, rebelión, reconocimiento de la verdad, negociación, compromiso con la verdad, depresión, abatimiento ante la verdad, aceptación, reconciliación con la verdad.
Según Gema Isabel García Crespo, no se puede crecer sin sufrir. El dolor tiene diversos rostros: puede estar provocado por la irresponsabilidad humana y por circunstancias fortuitas e imprevisibles, pero está inscrito en la ley misma de la naturaleza. La dinámica del desprendimiento es una constante de la vida humana. La persona crece en la medida en que acepta creativamente el principio de la separación y de la pérdida como condición necesaria para vivir. Nadie puede saber cómo reaccionará ante una pérdida hasta que no se encuentra frente a ella.
En el caso de los niños, es ilustrativo lo señalado por William C. Kroen: ?Acompañar a un niño en duelo significa ante todo NO APARTARLE de la realidad que se está viviendo, con el pretexto de ahorrarle sufrimiento. Incluso los niños más pequeños, son sensibles a la reacción y el llanto de los adultos, a los cambios en la rutina de la casa, a la ausencia de contacto físico con la persona fallecido, es decir, se dan cuenta que algo pasa y les afecta.?
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